Columna “Dos con botana”: por Elmi Totero

A medida que va quedando al descubierto toda la inmundicia que se gestó durante los Gobiernos de Quintana Roo que encabezaron Félix Arturo González Canto y Roberto Borge Angulo, estos y otros apellidos cozumeleños de rancio abolengo se van desacreditando hasta el grado de viles lacras sociales…

Imagen: Noticaribe

Sus padres no escatimaron dinero ni esfuerzos para brindarles la mejor educación. Desde sus etapas de prescolar, las cursaron en los mejores colegios de la isla. Su formación profesional la realizaron en las más prestigiosas universidades del país, e incluso del extranjero. El objetivo era claro, convertirlos en hombres y mujeres de bien, con capacidad para administrar y acrecentar sus patrimonios con base en trabajo y esfuerzo.

Todo iba bien, pues cuando incursionaron en el ámbito político eran el gran orgullo de sus progenitores y demás familiares. En el caso de Félix González, a pesar de que desde sus inicios se involucró de manera directa o indirecta en asuntos turbios, incluyendo el asesinato de una joven estudiante, la mayoría de sus paisanos los adoraban y aclamaban.

Le celebraban todo, incluyendo por supuesto sus infidelidades, con las que de acuerdo a su círculo más cercano, se ha ufanado de estar emulando a su abuelo Don Félix González Bonastre, de quien se dice que dejó “hijos regados” por todos los rincones de la isla y en otros puntos del estado. Se le atribuían dotes de gran estratega político y una mal concebida generosidad, en virtud de que la practicaba con dinero del erario y no de su propio peculio, entre otros atributos que lo convirtieron en un semi Dios.

El caso de Roberto Borge fue un tanto distinto, pues su padre del mismo nombre fue célebre por ser muy malo para los negocios y haber quebrado empresas con gran potencial, a pesar de lo cual “Betito” tuvo acceso a la mejor educación, acorde a su status de sobrino de un exgobernador. De un perfil muy diferente al de su “padrino político”, fue blanco siempre de burlas por su tendencia a la obesidad, que originó que tuviera muy poco éxito con el sexo opuesto. Situación que dio un drástico giro cuando de manera meteórica Félix lo hizo Tesorero del Estado, Presidente del PRI en Quintana Roo, Diputado Federal y finalmente Gobernador, a pesar de la clara oposición de otras figuras mejor posicionadas y con mayor y mejor trayectoria política.

Irónicamente, ese empecinamiento representó el principio del fin del imperio felixista, que en su afán de prolongarse en el Poder y tapar toda la inmundicia de su administración,  comenzó a cavar su propia tumba cuando su alumno lo superó rápidamente en voracidad y sobre todo, cinismo, que al fin de cuentas fue lo que el pueblo no le perdonó.

Y si, al igual que otros incautos que arrastraron consigo, como Juan Pablo Guillermo Molina, heredero de una inmensa fortuna, terminaron empañando sus otrora ilustres apellidos, hasta convertirse en viles lacras sociales, que hoy son personajes asiduos a la sagrada hora de tomar “dos con botana”.

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