Imagen: Red Milenaria

Columna:  César Valera

Vivimos tiempos de grandes crisis en el planeta; ambientales, económicas, políticas, culturales, hasta las existenciales causadas por el actual modelo de desarrollo hegemónico, impuesto y que no respeta fronteras. Los efectos de este modelo económico han provocado estados límites y de alerta ante el serio riesgo de la desaparición de la especie humana debido al calentamiento climático, al nivel de consumo y depredación que acaba con los pocos recursos naturales que aún nos quedan.

La conciencia de finitud de estos recursos que no se tenía hace un siglo, el nivel de violencia y pobreza contrastante con la inmensa riqueza acumulada en unos pocos, nunca antes tenida en la historia de la humanidad exige asumir la gran crisis ética-espiritual que vivimos como humanidad y reorientar nuestra voluntad y acciones hacia la doble tarea de recuperar la capacidad interior del ser humano de trascendencia y de construir nuevas condiciones eco-responsables hacia un proyecto de armonía y justicia en su relación con todos los seres vivos y la naturaleza.

Las inercias psicopolíticas de los que gobiernan las naciones vive una profunda enfermedad de concebir y ejercer el poder, causado fundamentalmente por la perversión de buscar el enriquecimiento ilícito, su distanciamiento e insensibilidad de los sufrimientos y esperanzas de las mayorías. Consecuencias implícitas del mismo modelo de desarrollo al que sirven y que todo lo convierte en mercancía desechable incluso a las personas más cercanas. El camino de reversa o “conversión” parece imposible.

Resulta inaudito que una civilización que ha alcanzado el ciberespacio, la inteligencia artificial padezca de discursos que nos recuerdan a Calígula, como el de Donald Trump en medio del imperio del G20, que ni la ciencia ni la justicia aparecen en sus genes ni en su vivir.

Sin embargo en medio de las consecuencias y tendencia de futuro se avizoran nuevos horizontes. Muchos intelectuales, científicos, movimientos que con una conciencia eco-responsable basada en el principio ancestral africano de Ubuntu o de solidaridad cósmica de Teilhard de Chardin o del Sumak kawsay Quechua, Lekil kuxtal tzeltal, o Korima raramuri en el que el que el principio de la notreidad, el nosotros por encima del individualismo, “se es persona a causa de los otros” “tú eres yo, yo soy tú”, “Todos somos uno”, sería imposible concebir riqueza o bienestar sin que los demás la tuvieran en igualdad y compartida. Ya hemos asistido y participado demasiado de esa parte del corazón de lobo humano. Se hace urgente apelar al sentimiento más profundo e íntimo que nos devuelve al origen de nuestra identidad espiritual que es solidaria, humilde, tierna, inocente, valiente, sabia, utopista para nutrir ese proyecto eco-solidario de humanidad basado en energías limpias y cultura de los derechos humanos y de la naturaleza.

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